Mariano Contreras, creador de la firma «Trapo», revoluciona las pasarelas locales y fue premiado en Milán por su propuesta disruptiva. Aunque en redes sociales lo ligan a la crisis, su enfoque es puramente artístico. El fenómeno de las clientas mayores de 60 años y el sueño de vestir a un campeón del mundo.
La moda urbana argentina asiste a una revolución estética tan inesperada como irreverente, nacida en los talleres de corte y confección tradicionales y alimentada por los puestos textiles del barrio de Once. El diseñador Mariano Contreras, creador de la marca Trapo, logró posicionarse en el centro de la escena al transformar materiales de limpieza e insumos cotidianos de cocina —como repasadores, trapos de piso y rejillas— en sacos de alta costura, chombas de diseño y vestidos de novia. Su propuesta conceptual, lejos de ser un mero ejercicio de reciclaje por necesidad, fue galardonada recientemente en Italia con un premio a la innovación en Milán. A pesar de las feroces críticas y la resistencia inicial en las plataformas digitales, sus colecciones de autor abrieron un nicho comercial impensado, convirtiendo las calles del barrio porteño de Palermo en la vidriera de una tendencia que derriba los límites establecidos del lujo.
El génesis de este fenómeno viral se remonta a una búsqueda de originalidad en la Patagonia, puntualmente en la localidad de Choele Choel, Río Negro. Contreras, quien previamente se desempeñaba como productor cinematográfico, decidió dar un vuelco total a su vida y aprender el oficio de la costura. «Fui el único hombre en un taller lleno de señoras que iban a corte y confección», recuerda el diseñador. Tras dominar la técnica y regresar a Buenos Aires, lanzó en redes sociales una chomba confeccionada íntegramente con el clásico trapo cuadriculado de cocina. La respuesta fue un estallido de interacciones que decantó en la apertura de su local propio. Contreras compra los rollos de tela por peso (en piezas de hasta 50 kilos) en las textiles mayoristas de Once y se encarga personalmente de moldear las prendas junto a su profesora.
El impacto del indumento textil de cocina excede la confección y roza la psicología social. Según el modisto, vestir un saco texturado con entramado de rejilla o repasador altera positivamente el estado de ánimo e incentiva la interacción humana en eventos públicos. «Entrás a un lugar con ropa de trapo y la gente se te acerca, te mira, te toca. Inicia conversaciones. Es mucho más social», analiza. No obstante, la propuesta debió lidiar con lecturas políticas y sesgos de la coyuntura económica local. Sectores de la opinión pública catalogaron la propuesta en redes como «la militancia de la crisis» o la resignación de la miseria. Contreras rechaza tajantemente esa mirada: «Esto es arte e innovación al 100%. Quise jugar con la tela y dejar de lado la idea de que todo tiene que ser lana de merino o materiales finos para tener onda».
Uno de los mayores giros de la marca reside en su público objetivo. Aunque la estética urbana y descontracturada parecía apuntar a los segmentos juveniles, los indicadores de venta demostraron que las mujeres mayores de 60 años son sus principales consumidoras. Se trata de un público femenino adulto que busca diferenciarse en eventos sociales mediante prendas con un fuerte relato conceptual. En contraposición, Contreras observa un panorama sumamente conservador en la indumentaria para hombres en el país: «El hombre argentino es de jean y remera negra, punto. Necesitamos ser más originales y sentirnos más libres». Con proyecciones de expansión internacional tras el espaldarazo en las pasarelas europeas, el gran anhelo de la firma apunta al ámbito deportivo: captar la atención de Rodrigo De Paul, el mediocampista de la Selección Argentina, a quien Contreras define como el ícono de estilo ideal para lucir sus disruptivos sacos de trapo de piso.
