La falsa creencia de la falta de tiempo esconde una cultura de hiperproducción y autoexigencia. Especialistas explican el impacto del estrés crónico y brindan claves para frenar la culpa por descansar.
El reloj marca 24 horas para todos por igual, pero la percepción de que el tiempo nunca alcanza se ha transformado en una vivencia generalizada en la sociedad actual. Según explican especialistas consultados por Infobae, este fenómeno responde fundamentalmente a una lógica de acumulación y a las exigencias de la productividad antes que a una escasez real de horas. La licenciada en Psicología Silvina Zecler señala que el tiempo se experimenta de forma subjetiva y que la cultura actual impone una carrera por acumular más trabajo, información y experiencias, al punto de que incluso el descanso se vive como una tarea más que debemos ejecutar de manera perfecta. En la misma línea, el doctor en Psicología Flavio Calvo advierte que este malestar nace de planificaciones con expectativas poco realistas y de un mandato social que suele confundir el hecho de estar permanentemente ocupados con ser productivos.
Esta aceleración constante trasciende el ámbito laboral y contamina todos los espacios de la vida cotidiana. La licenciada Fernanda Giralt Font, jefa del Departamento de Psicoterapia Cognitiva de INECO, destaca que culturalmente hemos asociado el uso del tiempo con el rendimiento, exigiendo un desempeño elevado en el entrenamiento, la vida social, el aprendizaje y el cuidado de los vínculos. Esta dinámica de hiperexigencia se ve potenciada por el impacto de las redes sociales, donde la comparación constante con los logros ajenos hace que nuestra rutina parezca insuficiente. El resultado de este combo es una lista interminable de pendientes que deja a las personas en un estado de alerta permanente, afectando la concentración, alterando el sueño y generando fatiga mental, irritabilidad y un estrés crónico nocivo, denominado distrés.
Uno de los efectos más complejos de este estilo de vida es la aparición de la culpa frente al descanso o el ocio. Como se ha aprendido a medir el valor personal en función de lo que se produce, detenerse se experimenta casi como una amenaza o una pérdida de tiempo, transformando incluso las actividades de autocuidado en nuevas obligaciones por cumplir. Sin embargo, los profesionales recuerdan que las pausas son biológica y psicológicamente indispensables para la memoria, la atención y la regulación emocional.
Para recuperar el equilibrio y la autonomía sobre la propia vida, los especialistas coinciden en que la solución no pasa por intentar meter más tareas en la agenda, sino en aprender a recortar y reorganizar prioridades. Entre las recomendaciones se destacan distinguir entre lo urgente y lo importante mediante herramientas como la matriz de Eisenhower, aceptar que no se puede con todo, aprender a decir que no a ciertas demandas y dejar espacio para actividades que no persigan un fin productivo. En definitiva, se trata de cambiar la mirada sobre el tiempo para honrarlo como un recurso vital y no como una condena de rendimiento continuo.
