Nacido al calor de las vías del tren en 1890 y bautizado «el pueblo fabriquero» por su gigante industrial GIAT y BAT, Beruti llegó a albergar a 6.000 habitantes antes de que las crisis, los cierres ferroviarios y las inundaciones redujeran su población. Hoy, a 430 kilómetros del AMBA, este rincón de Trenque Lauquen revive reconvertido en un imán para los amantes del pejerrey y la historia agraria.
Enclavado en el corazón productivo del oeste bonaerense, el pueblo de Beruti —perteneciente al partido de Trenque Lauquen— emerge en el mapa del turismo de cercanía como un emblemático testimonio de resiliencia, reconversión económica y memoria histórica. Fundada formalmente el 25 de agosto de 1890 en simultáneo con la habilitación de la línea del Ferrocarril del Oeste (actual Línea Sarmiento), la localidad forjó su identidad inicial bajo el ala de la producción triguera y, más tarde, mediante una inédita revolución industrial que transformó a sus cosecheros en operarios textiles de exportación. Tras sufrir el impacto del desmantelamiento de los ramales ferroviarios, inundaciones estructurales en la década del 80 y el cierre definitivo de su emblemática fábrica textil en 2012, la población de Beruti experimentó un drástico éxodo que redujo sus habitantes a menos de un millar. Lejos de resignarse a engrosar la lista de pueblos fantasmas, la comunidad berutense articuló una estrategia de reconversión turística basada en dos pilares fundamentales: la puesta en valor de su patrimonio arqueológico-industrial —reflejado en el imponente Museo del Agro— y el aprovechamiento recreativo de sus lagunas, consolidadas hoy a nivel provincial como el epicentro absoluto para la pesca deportiva del pejerrey.
La singularidad histórica de Beruti radica en su transición de enclave agrícola a potencia fabril a mediados del siglo XX. El impulso inicial estuvo ligado a la figura de José Guazzone, pionero bautizado por el presidente Julio Argentino Roca como «El Rey del Trigo» debido a sus masivos rendimientos rurales, quien además financió la construcción de los primeros hitos arquitectónicos del pueblo: la Comisaría, el Registro Civil y la Parroquia Santa Clotilde. Sin embargo, el quiebre identitario definitivo ocurrió en 1935 cuando su descendiente, Carlos Guazzone, reconvirtió un viejo molino harinero de dos plantas instalado frente a las vías en un complejo textil de vanguardia: las Grandes Industrias Argentinas de Trenzado (GIAT) y su complementaria Barnices Aplicados a Transición (BAT). Durante sus décadas de oro —en las temporadas de 1940 y 1950—, la firma operó bajo un régimen de tres turnos rotativos continuos, dando empleo directo a más de 6.000 personas e impulsando una febril vida social y comercial que incluía cines, clubes deportivos y un constante tráfico ferroviario. La compañía proveía no solo sustento, sino también viviendas y servicios esenciales a sus operarios, atrayendo mano de obra de la vecina ciudad de Trenque Lauquen, ubicada a 25 kilómetros de distancia.
El declive del modelo industrial a partir de los años 70, común a numerosos pueblos del interior, se agudizó de forma dramática en 1987 cuando una severa inundación anegó los campos linderos, forzando un éxodo masivo de familias hacia los grandes centros urbanos y el AMBA. La posterior quiebra y cese de actividades de GIAT y BAT en 2012 marcó el piso histórico de la crisis. No obstante, las mismas masas de agua que alteraron la geografía rural sembraron las bases de la fisonomía actual del pueblo: los desbordes consolidaron espejos de agua que hoy configuran circuitos de pesca de altísima cotización para los aficionados bonaerenses. Espejos lacustres como Loma Alta, Hinojo Grande, Hinojo Chico y Cuero de Zorro transformaron a Beruti en «El Paraíso del Pejerrey», traccionando un flujo permanente de visitantes de fin de semana que motoriza la gastronomía y los alojamientos locales. Quienes visitan la localidad se encuentran con un paisaje dominado por la calma rural y atractivos icónicos que combinan melancolía y hospitalidad: desde el pórtico de ingreso al antiguo Prado Español y las ruinas de la textil, pasando por el centenario «Viejo Almacén» de la familia Zoppiconi, hasta la vieja estación de tren, baluartes de un arraigo comunitario inquebrantable que resiste el paso del tiempo.
