Columnista invitado (*). Los conflictos y las tensiones de la región ya no pueden explicarse únicamente a partir de diferencias religiosas, lingüísticas o identidades históricas. El fortalecimiento de los Estados y la defensa de sus propios intereses ganan cada vez más protagonismo.
Al analizar la realidad de Medio Oriente, es habitual recurrir a categorías generales vinculadas con la lengua o la religión. De esta manera, se habla de “árabes”, “persas” o “turcos”, así como de “judíos”, “musulmanes sunitas” o “musulmanes chiitas”, conceptos que suelen convertirse en actores y fuerzas explicativas de las relaciones internacionales de la región.
Esta mirada convive, sin embargo, con otra perspectiva de carácter estatocéntrico. Desde este enfoque, la religión y la lengua pueden contribuir a explicar determinados comportamientos: Irán podría actuar bajo la influencia del islam chiita, Arabia Saudita desde el islam sunita y Turquía a partir de su idioma y su cultura.
Este marco resulta útil porque permite ordenar y simplificar la realidad a partir de categorías conocidas. Sin embargo, las transformaciones que atraviesa el sistema internacional, particularmente en Medio Oriente, muestran un escenario en el que los Estados ocupan el lugar central y los intereses nacionales aparecen como una de las principales motivaciones de sus decisiones.
Adoptar esta perspectiva permite comprender mejor el funcionamiento de la región: los Estados actúan principalmente en función de sus intereses nacionales y no necesariamente a partir de criterios relacionados con la lengua o la religión.
El avance de las tendencias nacionalistas se mantiene como una constante y ofrece una mayor capacidad explicativa frente a otros factores. Esto no significa que las cuestiones religiosas o lingüísticas hayan perdido toda relevancia, sino que, en determinados casos, pueden incluso ser utilizadas como una fachada para ocultar intereses más concretos.
Las diferencias entre los Estados árabes
Considerar que los “árabes”, es decir, quienes tienen al árabe como lengua materna, conforman un bloque homogéneo implica desconocer tanto la historia como la realidad actual. Las diferencias entre los Estados árabes, en los que el idioma es oficial, han sido una característica permanente del sistema regional, especialmente durante las últimas décadas.
Los antecedentes son numerosos. Desde el acuerdo alcanzado por el Egipto de Anwar el-Sadat con Israel para recuperar los territorios ocupados durante la Guerra de los Seis Días, hasta la expulsión de las milicias palestinas de Jordania, la extensa y brutal guerra civil libanesa, las tensiones entre Qatar y Arabia Saudita entre 2017 y 2022 y la actual competencia entre Abu Dabi y Riad.
Aunque se trata de fenómenos que no son completamente comparables, todos reflejan una realidad: los Estados árabes toman decisiones de acuerdo con sus intereses nacionales, más allá de la existencia de una lengua común.
Una situación similar puede observarse en Iberoamérica, donde los países tampoco funcionan como un bloque homogéneo a pesar de compartir historia, idioma e instituciones de integración. Se trata de una realidad que resulta evidente cuando se analiza nuestra propia región, pero que muchas veces no se aplica al estudiar otras partes del mundo.
El nacionalismo gana espacio en el Golfo
La zona del Golfo es uno de los espacios donde la tendencia nacionalista está adquiriendo mayor fuerza. Durante el último conflicto, no se escucharon voces saudíes que atribuyeran los ataques iraníes exclusivamente a la división entre sunitas y chiitas, ni que justificaran el respaldo a Riad únicamente por su condición de monarquía y supuesto “guardián de los dos lugares más sagrados del islam”.
Por el contrario, Arabia Saudita puso el foco en su identidad nacional, sus intereses particulares y sus diferencias con Irán, así como con otros Estados árabes del Golfo, entre ellos Emiratos Árabes Unidos y Qatar.
Irán, por su parte, inició ataques contra países árabes del Golfo durante el sagrado mes de Ramadán, sin que esto representara una limitación para sus acciones contra otros musulmanes que comparten esa misma celebración. En el plano político y social del país también puede observarse un proceso de nacionalización, por encima de las referencias al islam chiita.
Arabia Saudita, a su vez, sostiene su liderazgo regional a partir de sus capacidades nacionales, más que desde su identidad como país islámico. Irán también busca consolidar su posición regional priorizando sus intereses nacionales por encima del chiismo.
Todo esto evidencia una tendencia hacia la construcción de un sistema regional cada vez más centrado en los Estados, donde los intereses nacionales tienen mayor peso que otros elementos. Sin embargo, todavía persisten numerosos análisis que intentan explicar las decisiones de los gobiernos a partir de la religión de sus líderes o del idioma que hablan.
Para comprender mejor la realidad de estos países resulta necesario superar esas miradas simplificadoras y prestar atención a sus sistemas de toma de decisiones, sus intereses, sus diferencias burocráticas y organizacionales y las características particulares de sus dirigentes.
Conocer la historia, la lengua y la religión continúa siendo fundamental, pero no alcanza por sí solo. La situación política actual de Argentina, por ejemplo, no podría explicarse únicamente a partir de la creación del Virreinato del Río de la Plata, las obras de Borges o los tangos de Piazzolla. El mismo criterio debe aplicarse al analizar otros países y regiones.
Es cierto que numerosos Estados de Medio Oriente tienen orígenes atravesados por una importante influencia externa, debido a las fuerzas que configuraron la región durante el período de entreguerras y después de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, después de décadas de transformaciones, esas sociedades y sus sistemas políticos adquirieron una relevancia propia.
Por eso, aunque conocer la historia continúa siendo indispensable, también resulta necesario comprender la realidad actual de cada país.
Los Estados árabes son diversos y presentan características e intereses particulares. En la región conviven de manera permanente los intentos de coordinación e integración con la competencia y el conflicto. En el escenario actual, estos últimos parecen imponerse frente a los elementos compartidos como la lengua o la religión.
La nacionalización de la agenda política es, en este contexto, una realidad cada vez más visible.
Comprender Medio Oriente requiere un esfuerzo profundo orientado al estudio de sus Estados, sus particularidades y sus intereses. Es una tarea compleja, que demanda conocimientos específicos y atención a los detalles, pero resulta fundamental para alcanzar una interpretación genuina de lo que ocurre en la región.
En este escenario, las universidades, los centros de estudio y los medios de comunicación tienen el desafío de avanzar hacia una mayor especialización. La colaboración entre estos actores sociales puede permitir que los organismos del Estado incorporen aportes más precisos y relevantes para la toma de decisiones.
