Ubicada a solo 10 kilómetros de Mercedes, esta localidad de 300 habitantes superó el cierre de su fábrica de ladrillos y el fin del ferrocarril reconvirtiéndose en un polo de turismo gastronómico. Su emblema es «Lo de Puri», un almacén de campo fundado en 1930 que mantiene intacta la mística e infraestructura de los viejos despachos de ramos generales.
En un territorio tan dinámico y densamente poblado como el que rodea al Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), existen pequeños oasis donde el tiempo parece haber claudicado. Ese es el principal capital cultural y turístico de Altamira, una pintoresca localidad rural ubicada a escasos 10 kilómetros de la ciudad de Mercedes, cuyos habitantes decidieron transformar la parsimonia cotidiana en su mayor estandarte de presentación: «Altamira, pueblo lento». Con una población estable que apenas araña las 300 personas, este rincón bonaerense consolidó en el último año una notable reactivación gracias a su inclusión en los programas de promoción de Pueblos Turísticos provinciales y al regreso del tren histórico. El circuito combina historia ferroviaria, producción artesanal de miel y chacinados, un incipiente viñedo y la mística intacta de Lo de Puri, un almacén gastronómico y de ramos generales que es atendido por la misma familia fundadora desde hace casi un siglo.
La fisonomía actual de Altamira es el resultado de un proceso de resiliencia comunitaria. Nacido al calor de las vías, el pueblo sufrió un quiebre estructural profundo durante la década de 1990 debido a la cancelación generalizada de los servicios ferroviarios del Ferrocarril General Belgrano y al cierre definitivo de la emblemática fábrica de ladrillos Corinema, el motor industrial que empleaba a la mayor parte de las familias de la zona. Aquella crisis provocó un éxodo poblacional que amenazó con transformar al paraje en un pueblo fantasma. Sin embargo, la comunidad logró reinventarse a partir de la revalorización de su patrimonio. Un hito central de esta reconstrucción ocurrió en mayo de 2023, cuando comenzó a operar el primer tren turístico de la región, una formación que une Mercedes con Tomás Jofré y que realiza una parada estratégica en la restaurada estación de Altamira, donde hoy los andenes lucen el esplendor de sus mejores épocas y funcionan como una feria viva de dulces caseros y artesanías locales.
El corazón identitario y gastronómico del pueblo late dentro de las paredes asentadas en barro de Lo de Puri. Este almacén de campo, fundado originalmente en el año 1930 por el bisabuelo de su actual administrador, Mario Pollero, representa un verdadero monumento histórico viviente que ya transita por su tercera generación familiar. La estructura edilicia conserva los elementos arquitectónicos primigenios de la década del 30: los techos altos con tirantes de pinotea original, los pisos de ladrillo gastados por el paso de las décadas y las aberturas clásicas de la época, a las cuales solo se les aplicaron sutiles reformas estructurales —como la ampliación de ventanas y el reacondicionamiento de la barra de despacho— para dotar al espacio de mayor luminosidad y comodidad para los comensales.
Traspasar el umbral de Lo de Puri implica un viaje directo hacia la atmósfera de principios del siglo pasado. El salón principal está revestido por estanterías de madera que trepan hasta el techo, repletas de mercadería dispuesta de manera minuciosa, conviviendo con verdaderas reliquias de colección como antiguos sifones de vidrio coloreado, botellas de marcas ya desaparecidas, balanzas comerciales de pesas y una heladera de madera de época que, asombrosamente, continúa funcionando a la perfección para enfriar las bebidas. Lejos de limitarse a una función comercial de abastecimiento para los vecinos, el almacén se consolidó como una parada obligatoria para los turistas que buscan picadas con embutidos de producción local y platos tradicionales de la cocina criolla, transformando la quietud de Altamira en una experiencia sensorial y nostálgica inigualable a poco más de una hora de la capital.
