En la provincia de Ghor, el colapso económico y el recorte del 70% de la ayuda internacional arrastran a la población a la miseria. Ante la falta de empleo y alimentos, los padres entregan a niñas de hasta 5 años para costear cirugías médicas o asegurar el sustento del resto de sus hijos.
La crisis humanitaria en Afganistán alcanzó un punto de quiebre desgarrador, donde la supervivencia diaria se mide en decisiones de vida o muerte. En Chaghcharan, la capital de la remota y montañosa provincia de Ghor, cientos de hombres se agolpan en las plazas desde el amanecer mendigando por jornadas de trabajo informal que casi nunca llegan. Según datos de las Naciones Unidas, tres de cada cuatro personas no logran cubrir sus necesidades básicas en el país, y más de 4.7 millones de habitantes se encuentran técnicamente al borde de la hambruna. Despojadas de la asistencia alimentaria internacional y golpeadas por una sequía extrema, decenas de familias vulnerables recurrieron a una práctica límite y desesperada: vender a sus hijas menores de edad para matrimonios concertados o trabajo doméstico, utilizando ese dinero para costear tratamientos médicos urgentes o comprar harina para evitar que sus otros hijos mueran de hambre.
El testimonio de los habitantes de Ghor expone la magnitud del desamparo. Abdul Rashid Azimi, un residente endeudado y sin empleo, relató entre lágrimas su disposición a entregar a sus hijas gemelas de 7 años a cambio de un dote futuro: «Si vendo a una hija, podría alimentar al resto de mi familia durante al menos cuatro años. Me parte el corazón, pero es la única opción». La preferencia cultural por conservar a los hijos varones responde a que son vistos como los únicos proveedores económicos futuros, un sesgo que se profundizó drásticamente ante las severas restricciones del régimen talibán, que prohibió la educación secundaria y el empleo formal para las mujeres y niñas.
Otro caso alarmante es el de Saeed Ahmad, quien debió vender a su hija Shaiqa, de tan solo 5 años, por 200.000 afganis (unos 3.200 dólares) para poder financiarle una cirugía de apendicitis y un quiste hepático. El acuerdo estipula que la niña permanecerá con sus padres cinco años más mientras se completa el pago, pero al cumplir los 10 años deberá mudarse con la familia del comprador para casarse con uno de sus hijos. «Si hubiera tenido dinero, jamás lo habría hecho, pero pensé: ¿y si muere sin la cirugía? Al menos así estará viva», se consoló el padre. El matrimonio infantil registró un repunte vertical tras el veto talibán a la escolarización femenina.
La raíz de esta catástrofe se encuentra en el estrangulamiento financiero externo. Tras la toma del poder por parte de los talibanes en 2021, los principales países donantes —encabezados por Estados Unidos y el Reino Unido— recortaron de forma drástica los fondos de asistencia humanitaria que antes sostenían la distribución de alimentos esenciales. Las métricas de la ONU para el año 2026 confirman que la ayuda recibida es un 70% menor a la proyectada, dejando a la población civil en el desamparo absoluto. Mientras el gobierno talibán desliga su responsabilidad culpando a la «economía artificial de dólares» de la administración anterior, sus propias políticas de segregación de género provocan el alejamiento sistemático de las organizaciones no gubernamentales (ONG).
El impacto final de esta carestía se evidencia en el hospital provincial de Chaghcharan, donde la desnutrición materna provoca nacimientos prematuros extremos y fallas multiorgánicas en los lactantes. En la saturada unidad neonatal, las incubadoras albergan hasta dos bebés simultáneamente y los insumos médicos escasean a tal punto que el centro de salud pública no dispone de fármacos básicos, obligando a las familias a comprarlos en el exterior. La tasa de mortalidad en el sector infantil roza el 10%. «Al principio me resultaba muy duro ver morir a los niños, pero ahora casi se convirtió en algo normal para nosotros; hay días en que fallecen hasta tres bebés», confesó con crudeza la enfermera Fatima Husseini. La falta de recursos es tan asfixiante que muchas familias optan por retirar a los recién nacidos en estado crítico debido a la imposibilidad de costear la internación, firmando una condena invisible que ya se refleja en los cementerios locales, donde las tumbas de niños duplican a las de los adultos.
