El sector textil sufre una caída cuatro veces superior al promedio industrial. Con una capacidad instalada de apenas el 40%, el rubro enfrenta una pérdida masiva de empleos y un aluvión de importaciones, aunque logra un respiro gracias a las exportaciones.
La industria textil argentina atraviesa uno de sus momentos más críticos en años. Según el último informe de la Federación de Industrias Textiles Argentinas (FITA), la actividad registró una caída interanual del 33,2% en febrero, un derrumbe que cuadruplica el retroceso general de la industria nacional. El escenario es de parálisis casi total: las fábricas operan con apenas el 40% de su capacidad instalada, lo que significa que el 60% de la maquinaria del país está apagada. Este desplome en la producción se traduce en una sangría laboral que ya se cobró más de 21.000 puestos de trabajo desde fines de 2023.
El diagnóstico de FITA revela una brecha alarmante respecto al resto de la economía. Mientras que la industria en general utilizó el 54,6% de su capacidad en febrero, el rubro textil quedó rezagado con indicadores mucho más contractivos. El impacto en el mercado laboral es directo: desde finales de 2025, se pierden en promedio 1.400 empleos mensuales en las ramas de confección, cuero y calzado.
A la caída del consumo interno se le suma una presión externa creciente: la importación de prendas terminadas saltó un 104%, ganando terreno sobre una producción local debilitada y con inversiones en maquinaria que retrocedieron un 11%. En este contexto, el único dato positivo proviene del frente externo. Las exportaciones del sector crecieron un 143% en el primer trimestre de 2026, lo que demuestra que las empresas que lograron reconvertirse mantienen niveles de competitividad internacional.
«Los datos muestran una industria que opera muy por debajo de su potencial», señalaron desde la entidad. Aunque los precios del sector subieron un 3,1% en marzo (por debajo del 3,4% de la inflación general), esta moderación no logra reactivar la demanda de los hogares, que han priorizado otros consumos básicos frente a la indumentaria.
El panorama para el resto de 2026 sigue siendo incierto. Si bien el salto exportador ofrece un alivio para las grandes firmas, el corazón de la industria —las PyMEs orientadas al mercado interno— enfrenta un combo letal de capacidad ociosa, competencia importada y caída de ventas que amenaza con profundizar el proceso de desindustrialización del sector.
