En un territorio donde el mileísmo pisa fuerte, el gobernador de Buenos Aires prueba su resistencia política y busca aliados «silvestres» en el interior del país.
El mapa político de 2026 empieza a trazar las rutas hacia la próxima elección presidencial, y Axel Kicillof ha decidido tomar el camino más desafiante: Córdoba. Este viernes, el mandatario bonaerense concretará su primer desembarco presencial en la provincia mediterránea, el bastión más refractario al kirchnerismo en el país. El pretexto formal es el Congreso Nacional de la Federación de Asociaciones de Trabajadores de la Sanidad Argentina (FATSA) en La Falda, pero el trasfondo es puramente estratégico. Acompañado por el líder de la CGT, Héctor Daer, Kicillof busca «nacionalizar» su figura y demostrar que puede caminar por el «impenetrable» territorio cordobés sin encender alarmas que compliquen la gestión local de Martín Llaryora.
La relación entre La Plata y el Panal de Córdoba se maneja hoy con un «manual de etiqueta» estricto. Kicillof y Llaryora mantienen un diálogo fluido basado en un adversario común, la administración de Javier Milei, pero evitan las fotos conjuntas. Para el gobernador cordobés —que atraviesa un año electoral decisivo en el que busca su reelección—, una asociación directa con el kirchnerismo sería «piantavotos» frente a un electorado que en las legislativas de 2025 volvió a darle la espalda al mundo K (Fuerza Patria apenas superó el 5%).
El operativo «desembarco» fue diseñado con cautela. Kicillof evitará actos partidarios masivos que puedan ser interpretados como una provocación al «cordobesismo». En su lugar, se apoyará en la estructura sindical de FATSA y en armadores propios como el exsenador Carlos Caserio. La agenda tentativa para la tarde del viernes incluye posibles firmas de convenios con intendentes de la región y visitas a universidades, buscando mostrar una faceta de gestión técnica y federal más allá de la carga ideológica que arrastra su apellido en la provincia.
Desde el entorno de Kicillof, ven este viaje como la continuación de su salida fuera de las fronteras bonaerenses, que inició en abril en Tierra del Fuego. «El objetivo es que Axel salga bien parado de Córdoba», confiesan sus armadores. Saben que el 2026 es el año de «abrir la tranquera»: si logra captar el voto peronista desencantado con el ajuste nacional sin espantar a los moderados, habrá superado su prueba de fuego más difícil.
El éxito de esta visita no se medirá en votos inmediatos, sino en la capacidad de Kicillof para «derretir» el hielo con los intendentes locales, quienes, aunque lo miran con simpatía, hoy dependen de la billetera provincial de Llaryora. Si el gobernador bonaerense logra replicar en Córdoba un piso electoral similar al que obtuvo Alberto Fernández en 2019 (cercano al 30%), su proyecto presidencial para 2027 habrá cobrado una vitalidad inesperada en el corazón del país.
