El fin de la fidelidad a las marcas y el auge del comercio de cercanía definen el nuevo consumo masivo. Los hogares fragmentan sus compras y aprovechan el omnicanal para maximizar el ahorro.
La era de la compra mensual consolidada ha quedado atrás. En un contexto económico marcado por presupuestos bajo presión, el consumo masivo en Argentina atraviesa una metamorfosis profunda: el consumidor se ha vuelto un estratega omnicanal. Según datos de NielsenIQ, mientras el consumo total apenas creció un 2% en 2025 y se mantiene estable en 2026, la realidad detrás del número es una reorganización drástica: los hogares recorren más puntos de venta, reducen cantidades y planifican cada movimiento en función de promociones y descuentos.
La transformación es estructural. Las transacciones generales retrocedieron un 9% el último año, con un impacto notable en las compras pequeñas, que cayeron un 12%. Incluso rubros esenciales como arroz, yerba, harinas y lácteos han registrado bajas, lo que evidencia que el ajuste alcanzó a la canasta cotidiana. Ante este escenario, la fidelidad hacia supermercados o marcas específicas ha cedido lugar a una lógica de «supervivencia» estratégica: el 61% de los compradores planifica sus consumos basándose exclusivamente en las promociones disponibles, y el 57% combina diversos puntos de venta para optimizar cada peso.
Esta fragmentación ha impulsado el auge de los comercios de cercanía. Los almacenes y autoservicios representan hoy niveles históricamente altos de participación —un 34% y 15% de la facturación, respectivamente—. La tendencia es clara: menos «changuito» y más reposición diaria, lo que permite evitar grandes desembolsos de efectivo. En paralelo, el comercio electrónico y las apps de delivery han capitalizado este cambio: el volumen en los formatos Brick & Click creció un 4% y las aplicaciones de delivery avanzaron un 27%, consolidándose como herramientas esenciales para resolver necesidades puntuales sin realizar compras voluminosas.
A pesar de la racionalidad impuesta por la economía, el consumidor argentino se niega a eliminar el disfrute. Los expertos coinciden en que existe un margen de resistencia en categorías de «snackeo» y placer cotidiano: helados, galletitas, panificados y golosinas siguen ocupando un lugar privilegiado en los tickets. La clave ha sido la compra por unidad, que permite sostener pequeños consumos —como hamburguesas o productos de kiosco— sin desequilibrar la economía del hogar. Como señalan los analistas, el «gustito» no ha desaparecido, pero se ha vuelto más simbólico y estratégico, adaptándose a las posibilidades reales de cada bolsillo.
