En la previa de la Copa del Mundo, las apuestas deportivas se han convertido en una epidemia silenciosa. Según estudios del sector, 6 de cada 10 estudiantes secundarios han estado expuestos a plataformas de juego, una problemática que, lejos de ser controlada, se ve potenciada por la publicidad masiva y la complicidad de ídolos deportivos.
«La camiseta de fútbol, que debiera inspirar a los niños, se ha convertido en una publicidad de una droga; legal o ilegal, destruye igual». Con esta crudeza, el presbítero Munir Bracco resume el estado de situación de una problemática que ya no distingue edades: la ludopatía online. A pocos días del inicio del Mundial, el país se enfrenta a un escenario donde el fanatismo deportivo está siendo desplazado por la «timba» digital, arrastrando a miles de jóvenes y adolescentes a un espiral de deudas, ansiedad y desesperación que las regulaciones actuales aún no logran contener.
Los datos son lapidarios. Un estudio del Observatorio Humanitario de Cruz Roja Argentina indica que el 83% de los adolescentes que apuestan lo hace desde su celular, y en la mitad de los casos, cuentan con la ayuda de un adulto para ingresar a las plataformas. La precocidad es tal que organizaciones de acompañamiento ya registran casos de chicos de apenas once años atrapados en la adicción al juego. Expertos del CONICET advierten que la vulnerabilidad cerebral en la etapa adolescente hace que el juego compulsivo genere daños profundos en la salud mental y el tejido social, con secuelas que pueden durar décadas.
El negocio del juego y la falta de regulación Mientras el Gobierno nacional impulsa un proyecto de ley enfocado únicamente en perseguir el juego ilegal, diversas voces del ámbito legislativo y social alertan sobre la necesidad de una regulación integral. Diputados de la Coalición Cívica, impulsores de una ley con media sanción que el Senado mantiene congelada, denuncian que la normativa oficial vigente permite la continuidad del estímulo publicitario. La paradoja es evidente: nueve clubes de Primera División lucen nombres de casas de apuestas en sus pechos, convirtiendo a los ídolos populares en los principales promotores de esta adicción.
Las empresas del sector, de capitales mayoritariamente extranjeros, facturan miles de millones de dólares anuales en un mercado que proyecta seguir creciendo. En este contexto, el fútbol argentino se ha vuelto un terreno fértil para el negocio de plataformas como Betsson, Betano o Bplay. A pesar de los pedidos desesperados de familiares y especialistas para prohibir la publicidad en el ámbito deportivo y proteger a los menores, los clubes y las instituciones parecen priorizar el rédito económico por sobre la salud pública.
Cuando el casino está en el bolsillo La facilidad de acceso, potenciada durante el aislamiento por la pandemia, ha transformado el hábito de jugar en una trampa de la que es muy difícil salir. «Hoy todo el mundo tiene el casino en el bolsillo», explican desde Jug-Anon, organización que asiste a familiares de ludópatas. Los testimonios reflejan el drama: padres que deben controlar los sueldos de sus hijos porque estos son capaces de vender hasta los muebles del hogar para cubrir deudas de juego.
La situación de los deportistas, paradójicamente, no es distinta. Casos como el del futbolista Jonatan Gómez, extorsionado por deudas de juego, o el del tenista Nicolás Kicker, suspendido por amañar un partido bajo presión de apostadores, demuestran que nadie está exento. Mientras la política debate entre el negocio y la prevención, una nueva generación de ludópatas está creciendo al ritmo de los goles y las cuotas de las aplicaciones. La pregunta que sobrevuela el Congreso es si el Estado, los clubes y los ídolos populares están dispuestos a sacrificar la recaudación millonaria para salvar la vida de miles de jóvenes que hoy, en lugar de alentar a la selección, miran el resultado de un partido esperando que su «inversión» no se convierta en una tragedia.
